Aviso del Cronista.

La caída de Valaquia Prima es un conjunto de relatos estructurados como una novela río sobre los sucesos que acontecen en ese planeta ambientado en el universo ficticio de Warhammer 40.000.

El creador de este blog solo tiene el objetivo hedonista slaaneshiano de pasarlo bien y hacerlo pasar bien a quien pueda leerlo. Sus relatos están hechos por fans y para fans de los fantásticos juegos de Games Workshop y por tanto no es para nada oficial ni está respaldado por susodicha empresa, no pretendiendo con ello afrentar su posición ni menoscabar su trabajo.


Pensamiento del día.

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jueves, 14 de octubre de 2010

Vlad Draco. Aposentos de Hellsing en la Cúspide. Colmena Alfa 11.

El tentáculo infernal. ;D

Vlad llevó a la casi desfallecida mujer hasta la mesa donde el anciano inquisidor seguía mirando la luz con expresión extasiada. Por un larguísimo instante los cantos de sirena resonaron en el cerebro del alto señor, pero un gemido de apremio de Voidova lo hizo reforzarse en su determinación.

Las manos de la psíquica se acercaron a las del viejo y con un grito estremecedor la tentación de aquella luz se desmoronó en mil pedazos, quedando solo la sensación de horrible amenaza.

Algo surgió de uno de los rincones de la habitación. Tenía la consistencia gelatinosa de un tentáculo del grosor de un barril pero a través del helado légamo que lo cubría asomaban zarpas se abrían arañando la realidad, como si fuesen bestias desperezándose después de un largo invierno.

Vlad gritó por la sorpresa, tanto por el horror de aquella forma ajena a todo como por la inimaginable constatación de que era solo una parte diminuta de un horrible engendro que intentaba entrar en la realidad.

Una de las zarpas se cerró sobre la pierna de uno de los guardias de Vlad el hombre despertó a la consciencia lo suficiente como para aullar de pánico antes de ser arrastrado al umbral del Inmaterium, donde su destino sería demasiado horrible para ser narrado.

Draco disparó inútilmente contra las formas más pequeñas con su pistola láser. La energía de se disipaba en una miríada de rayos sin causar daños. Arrojó la pistola y desenvainó su espada hundiéndola en las sombras, en este caso una de las formas retrocedió herida por el filo del arma del alto señor, bendecida por el Eclesiarca Beatorum en el mundo de Efrak durante su investidura como general. La agitó de un lado a otro sintiendo como mordía la carne de las bestias, obligándolas a alejarse de las puertas que Voidova estaba cerrando.

Al otro lado de la habitación el caótico tentáculo se cerró sobre otro soldado y su grito de dolor despertó a Eygor y el resto de los hombres. Sobrecogidos por lo que estaban viendo solo dos de ellos acertaron a disparar aunque sin ningún resultado. Con un estremecimiento que jamás olvidarían el tentáculo se plegó sobre sí y el pobre prisionero explotó en una lluvia de sangre.

Voidova chilló mientras redoblaba sus esfuerzos y las sombras se empequeñecían conforme las puertas con el Inmaterium se iban cerrando. Como si presintiese el peligro el extremo de aquella monstruosidad se giró hacia ella y comenzó a acercarse como un depredador que hubiese olido a su presa. Vlad maldijo a voz en grito mientras las formas se agolpaban al otro lado del mermado portal. Si se detenía un segundo lo arrollarían. Salvarla estaba más allá de sus fuerzas.



La extremidad del inmenso demonio rodeó la cintura de la mujer que con los ojos en blanco no se percató de nada. Su mente libraba su propia batalla más allá del espacio y el tiempo. La cosa se cubrió de espinas y comenzó a apretar. Draco gritó su impotencia.

Una centella cruzó la sala empuñada por un brazo de plata. Una enorme espada surcada por rayos de pureza y bendecida un docena de veces en una docena de mundos sagrados hendió el tentáculo con limpieza salpicando de sangre toda la sala.

La parte cortada se evaporó en una nube de moscas que murieron en el acto, la mutilada que aun estaba unida al umbral del inmaterium se estremeció y retrocedió hacia el infierno del que provenía.

Con su brazo normal Lucca sujetó a la dama Voidova que caía desfallecida mientras Hellsing cerraba las manos sobre las cenizas que reposaban en sus manos y extinguía la luz antinatural.

En ese instante las sombras de la habitación se convirtieron en meras sombras y los burlones rostros que asomaban de ella solo quedaron en la aterrada memoria de los presentes.

sábado, 2 de octubre de 2010

Vlad Draco. Aposentos de Hellsing en la Cúspide. Colmena Alfa 10.

Una luz se coló en sus sueños. Un rostro. Una mujer que avanzaba entre las estrellas. Sabía que la conocía, pero no era capaz de recordarla. Dos ojos verdes mirándole con preocupación que se acercaban a él.

Sus manos acariciaron el curtido rostro del general, sintió como la barba se erizaba con el contacto, la pequeña molestia de su piel hizo que algo se rebullese en su interior y fue precisamente eso lo que Voidova usó para afianzarse. Se concentró en el estímulo, saltando por los nervios, neurona a neurona acercándose a la mente de Draco. Por desgracia la disformidad era tan fuerte en aquella sala, tan próxima a irrumpir al mundo real que tenía que hacerlo con cuidado o los sesos de su esposo terminarían salpicando las paredes.

Él estaba tenso, con los ojos en blanco, perdido en los horrores que el infierno le estuviese mostrando. Ella misma sentía aquel poder avasallador intentando entrar en su interior como lo había hecho en los demás. Si no hubiese estado la última no habría podido levantar sus barreras y estaría desangrándose como el inquisidor. Incluso ahora la tentación era fuerte… ella era una psíquica, una mutante, una hija del Caos, y su padre le estaba llamando…

¡NO!

Clavó las uñas en el cuello de Vlad y lo besó con fuerza, mordiéndole la lengua hasta que sintió el fuerte sabor de la sangre en la suya. Notó el dolor que le había provocado y lo usó para abrirse camino, para liberar la mente de su esposo de la insidiosa presencia que le dominaba a zarpazos, como una leona que defendiese a sus cachorros.

El alto señor abrió los ojos justo a tiempo para sujetarla mientras Voidova caía.

-Acércame a la luz.- le pidió ella.- se lo que hay que hacer…

Mientras a su alrededor las incoherentes formas se hacían más sólidas y gruñían anticipándose a la inminente liberación.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Vlad Draco. Aposentos de Hellsing en la Cúspide. Colmena Alfa 09.


Había algo en esa luz. Sueños inconcebibles, promesas imposibles, deseos herméticos que acariciaban su corazón con delicadas garras llenas de crueldad inhumana. Por un momento Draco creyó oir la música de las esferas que vibraba en todas las cosas, pudo oir los impulsos eléctricos en su propio cerebro, las neuronas gritando de pavor ante lo que estaba ocurriendo, los corazones de todos los presentes, sus pensamientos y por debajo de todos ellos, de un modo tan sutil
como el beso del sol en la piel, las almas de todos los habitantes de Valaquia...
Fue solo la décima parte de un instante, la ilusión de un pensamiento imaginario y cuando terminó creyó morir.
Deséame.
La voz le acarició la espina dorsal, subiendo por su médula espinal hasta su cerebro. Una voz de plata líquida que le estremecía con una repugnancia culpablemente placentera.
Agitó la cabeza como si así quisiese despejarse. Los demás miraban la luz ajenos a todo.
Deséame.
La nebulosa Lucífaga apareció ante él. Vio hombres morir a millones en guerras absurdas. Ante sus ojos pasaron victorias pírricas y derrotas sangrantes, un sinsentido de violencia en la que nadie ganaba... Después se vio a sí mismo con el uniforme de Señor de la Guerra. Desembarcaba de una nave que apresuradamente lo traía para responder a la desesperada llamada del Alto Mando de la cruzada. Dirigía los ejércitos, aplastaba sombras de traidores y alienígenas bajo sus botas y finalmente era reconocido como lo que él siempre había sabido que era.
Un sueño bonito, la justa recompensa a su carrera y su valía.
Deséame.
Pero el sueño no terminaba allí. No debía terminar de esta forma. Una victoria en un alejado rincón del Imperio no podía ser su broche final. Los ejércitos le seguirían más allá, emularía al gran Solar Macharius y aumentaría el territorio del Imperio como ningún otro lo había conseguido hasta entonces. Miles de sistemas se arrodillarían a sus pies y decenas de mundos adoptarían su nombre. Pacificaría la galaxia entera con sangre, acero y láser y haría de esta un lugar seguro para el hombre.
Deséame.
¿Acaso no era la galaxia un lugar horrible? ¿No sustentaban los Altos Señores de Terra un inconmensurable poder para proteger a sus súbditos? ¿Acaso ellos mismos no permitían que campasen a sus anchas xenos y herejes con el mero objetivo de mantener su posición entre la población atemorizada?
Draco purgaría a galaxia de esa escoria y después exigiría la dimisión de todos aquellos que querían mantener al pueblo en la ignorancia.
Deséame.
Ellos se negarían. No abandonarían sus puestos. Tendría que liberar Terra por la fuerza.
Vio sus flotas converger sobre el sistema, acabando una tras otra con las líneas de defensa del Segmentum Solar, hasta que aquellos hinchados sapos viesen sus naves orbitar sobre la Santa Terra en tal número que oscureciesen el sol.
Deséame.
Pero había algo más... La edad oscura no terminaría hasta que barriese hasta el último símbolo del opresivo orden. Caminaría por el palacio de Terra. Subiría por la escalinata de los héroes, alabando los estandartes de los allí recordados, pues su valor no era menos meritorio por servir un ideal erróneo. Llegaría al centro mismo del palacio y allí clavaría su espada en el mismo corazón del corrupto cadáver que anclaba a la Humanidad en una eternidad de oscuridad y estancamiento. Después apartaría los restos y se sentaría en el mismísimo Trono Dorado.
DESÉAME...

viernes, 10 de septiembre de 2010

Vlad Draco. Aposentos de Hellsing en la Cúspide. Colmena Alfa 08.

Vlad sujetó a su esposa cuando se disponía a abrir la puerta. Durante la carrera hacia los aposentos del inquisidor varios guardias se habían unido a ellos, alertados por Eygor y su comunicador.
La arrastró entre protestas hacia los uniformados soldados y después sacando una pequeña pistola láser se colocó a un lado de la puerta. Su mutilado asistente le imitó desde el otro. Draco no pudo evitar sonreir maravillado por la familiaridad con que ambos lo habían hecho. La vida fuera de las trincheras no los había ablandado tanto como creía.
Eygor le guiñó un ojo.
-Lo siento señor, olvidé traer el lanzallamas.- bromeó el veterano mientras lanzaba una significativa mirada a la pequeña pistola que empuñaba.
Antes de que pudiese replicar se oyó alarido dentro de la sala.
Golpearon el mecanismo de apertura y entraron en tromba.
La situación era increíblemente confusa. Una extraña luz salía de un objeto irreconocible en las viejas manos del viejo inquisidor. Borboteaba con un color que no tenía cabida en este universo y que evolucionaba con cada latido en una escala cromática alienígena e imposible de describir. Un olor similar asaltó sus fosas nasales, dulzón hasta límites imposibles y abrasador como el corazón de una estrella, deliciosamente putrefacto y fascinantemente amargo.
Las pistolas cayeron de unas manos que repentinamente habían perdido su fuerza.
Hellsing les miró. De sus ojos caían lágrimas de sangre.
Lucca, el enorme guardaespaldas se giró hacia ellos con su pistola bolter encañonándoles, pero la bocacha del arma temblaba horriblemente. Tenía la cara cubierta de sangre y los miraba con ojos ahogados en un dolor inconmensurable.
De repente la luz pulsó con más fuerza y la sombras de las esquinas de la habitación comenzaron a cambiar, como si a través de los ángulos de la habitación formas ajenas a este mundo pugnasen por forzar sus límites y entrar en él.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Vlad Draco. Aposentos de Draco en la Cúspide. Colmena Alfa 07.

Se llevó la copa a los labios. La sostuvo unos instantes ante su rostro y después la devolvió sin haber probado el licor.
Sus ojos recorrieron a toda prisa los informes que había recibido intentando encontrar algún sentido a todo lo que se le presentaba en ellos.
Eygor, en una mesa auxiliar a un lado de su gran escritorio desmontaba y montaba la pistola láser con obsesión, centrado totalmente en la tarea. Por un momento pensó en ordenarle que dejase de hacerlo pues incluso los ligeros sonidos le molestaban pero se lo pensó mejor en cuanto miró a la tercera persona presente. Voidova descansaba en un lujosísimo sillón frente a él.
Sabía que ella había sobrevivido solo gracias a su mutilado asistente y por ello le estaría eternamente agradecido. Si tenía que soportar una molesta manía de veterano lo haría sin rechistar.
-La reunión está programada para dentro de unos minutos.-anunció su esposa consultando una pantalla de datos de su escritorio.
Eygor terminó de montar por enésima vez su arma y la guardó en su cartuchera poniéndose en pie.
Vlad no hizo mención de levantarse. Dejó todos los documentos sobre la mesa y puso las manos sobre ellos. Al levantar el brazo izquierdo una de las heridas del combate le hizo maldecir.
-Solo se que la mayoría de los atacantes eran ultramundanos de una decena de planetas del subsector. Estoy intentando sacar algo de los pocos valakos que nos atacaron pero parecen malditos fantasmas... gente normal que de repente decidieron asaltar la recepción... ¿¡Qué ocurre!?
Voidova lo miraba sin comprender, hasta que sintió el sabor metálico en los labios.
Se llevó las puntas de sus largos dedos a la exquisita nariz y los retiró manchados de sangre.
Los dos hombres se precipitaron hacia ella, pero los detuvo con un gesto que lanzó pequeñas gotitas de color rubí sobre el escritorio.
-Alguien está utilizando enormes fuerzas psíquicas muy cerca. En el propio palacio. No veía algo tan grande desde Efrak.
-¿Algún astrópata?-preguntó Eygor con la mano apoyada de nuevo sobre la cartuchera de la pistola láser.
Ella negó con la cabeza mientras se ponía en pie y corría a la puerta.
-Es el inquisidor. Ha mirado la disformidad... y algo le está devolviendo la mirada.

sábado, 10 de julio de 2010

Vlad Draco. Fiesta de recepción. Colmena alfa. 06

Vlad oyó un golpe cuando algo cayó al suelo ante él. Un segundo después y a pesar de tener los ojos cerrados la oscuridad se tiñó de un blanco cegador cuando la granada fulminante explotó con un zumbido.
Tras esto escuchó algo mucho más satisfactorio mientras se protegía los ojos entrecerrados con la mano ensangrentada. Los gritos de sorpresa y dolor de sus enemigos.
Avanzó acuchillando el aire sin saber quien era el causante.
¡Al suelo!” ordenó la misma voz a través del comunicador. Draco se tiró al suelo un instante antes de que los fogonazos de fusiles de proyectil sólido castigasen aún más su visión.
Esta vez los gritos de dolor tuvieron una causa mayor.
El alto señor vio caer las formas a su alrededor. Algunas consiguieron resguardarse tras el muro y Vlad deseó tener un nuevo cargador para su pistola. Desde allí los bastardos podían aguantar en aquella posición y frenar el contragolpe.
En ese momento una enorme figura surgió entre los atacantes como si hubiese aparecido de la misma nada.
Llevaba un enorme mandoble de crepitante energía en una mano, una pistola bolter en la otra y repartía muerte con abundante generosidad mientras corría entre ellos.
Segó un torso en dos con un poderoso arco y sin perder ni un ápice de velocidad la hoja mandó un fusil volando con dos escalofriantes brazos aun aferrándolo. Un codo aplastó un rostro enviando dientes y sangre al cielo.
Dos músicos consiguieron sobreponerse y cargar con las bayonetas en ristre. La pistola rugió dos veces. Uno de ellos siguió corriendo con el cráneo vacío y en su carrera empaló a un músico que huía. El otro se vio lanzado por los aires cuando el proyectil se incrustó en su muslo y explotó. Dio una pintoresca voltereta y aterrizó sobre un par de cadáveres. Aun en shock luchó por alzar el rifle, pero el gigante con un gesto aparentemente causal le colocó otro proyectil en el pecho mientras con otro brazo decapitaba a un sollozante compañero que había perdido todas las ganas de luchar.
En ese momento las fuerzas del inquisidor tomaron el muro disparando desde la cadera con un avance implacable. Los traidores intentaron huir solo para morir con los disparos por la espalda.
Vlad Draco miró en derredor. Recordó que una vez cuando aun era un guardia raso había recorrido una trinchera llevando un mensaje bajo el fuego de la artillería enemiga. No pudo entregarlo. La unidad había recibido un cañonazo fortuito y habían quedado desmembrados.
El joven soldado había vomitado al ver a bravos hombres que conocía convertidos en despojos.
Ahora sintió volver a aquella trinchera, a aquella matanza insensata.
Aquel hombre no los había matado como a soldados, había hecho una carnicería, los había masacrado, ejecutándolos sin ninguna consideración, negándoles toda humanidad, aplastando sus cuerpos y esperanzas.
Solo pudo sentir admiración.
Lucca se irguió oteando la situación, controlando el final de la refriega. Vio la herida de Draco pero hizo caso omiso mientras le tendía un pequeño comunicador de oido.
-Celebro que se encuentre bien, Alto Señor. El inquisidor Hellsing desea que le informe que hay bolsas de los suyos resistiendo a poca distancia. Coordine un ataque y les aplastaremos.
Vlad asintió y sustituyó su lamentable comunicador de la FDP por el que el guardaespaldas le había dado. Un modelo ultramundano de altísima tecnología y comenzó a hablar con los suyos haciendo un recuento de fuerzas.
Dio varias órdenes en canal abierto cuando hubo comprendido la situación y después habló en voz alta para que todos pudiesen escucharle.
-Los refuerzos están subiendo por la escalinata. El flanco izquierdo está despejado. Vargo y los suyos empujarán hacia el fondo mientras yo con los hombres del inquisidor los envolvemos en fuego cruzado. Stephan aguantará la línea y cuando nos reagrupemos los aplastaremos.
Hubo varias confirmaciones y mucho alivio en la línea de comunicaciones. Al fin había una mente fría al frente.
-Bien muchachos, recompensaremos la traición con muerte, la emboscada con completa e irremediable destrucción y así y solo así barreremos la afrenta. Recordad a los caídos y seguidme, vamos a empujar a esos bastardos por el borde de la Aguja hasta el abismo.

domingo, 4 de julio de 2010

Vlad Draco. Fiesta de recepción. Colmena alfa. 05

Un hombre no llega a veterano en la guardia imperial sin haber aprendido varias cosas. Simplemente no vive suficiente sin ellas.
La primera es la absoluta obediencia. No sólo a tus superiores desde el general del ejército hasta al sargento de la unidad, sino a tus propios compañeros.
Si uno de ellos grita "¡cohete!" tú lo gritas para que la presión del disparo no te reviente los tímpanos. Si otro grita "¡cuerpo a tierra!" tú inmediatamente te tiras al fondo de la trinchera y te sunmerges en la mierda, si te detienes a pensarlo un solo segundo la metralla te arrancará la carne de la cara.
Vlad conocía esto, y había hecho hincapie en ello cuando comandaba ejércitos. Él mismo había aprendido estas asociaciones en su juventud, cadenas de estímulos y respuesta vitales. Por ello, cuando su auricular se activó de improviso y una voz desconocida gritó una sola palabra él dió un paso atrás y cerró los ojos.
"¡CENTELLA!"

sábado, 12 de junio de 2010

Vlad Draco. Fiesta de recepción. Colmena alfa. 04

El alto señor Vlad Draco maldijo entre dientes mientras los disparos láser pasaban sobre el muro tras el que se ocultaba. Había dos hombres con él. Dos soldados de la guardia de honor que había organizado para el inquisidor. Uno de ellos se llevaba las manos al vientre, intentando cerrar una herida de feo aspecto. El otro manoseaba una pequeña radio portátil intentando pedir refuerzos. Draco había visto demasiadas heridas y aparatos de comunicaciones rotos en su vida de soldado como para saber que ninguno lo conseguiría.
Disparó a ciegas con la pistola láser sin atreverse a mirar por encima de la cobertura. Maldita fuese la pompa y etiqueta. Todo había ido bien hasta que había presentado al inquisidor a los nobles menores de la colmena. Nadie había esperado un ataque tan frontal, tan carente de sutileza. La banda de música había sacado armas y había abierto fuego contra ellos. Para cuando Draco consiguió organizar una respuesta más agresores habían entrado por las puertas atrapándoles en fuego cruzado y diezmando a sus hombres. Con los guardaespaldas de los odiados Berdekat podrían haber aplastado sin problemas ese ataque, pero los muy cobardes se habían retirado salvando sus miserables traseros y abandonando a los de Colmena Alfa a su suerte.
La mayor parte de sus hombres estaban ya muertos. Él mismo solo había sobrevivido a la descarga inicial gracias a su campo refractario portátil que se había saturado ante la intensidad del fuego. Solo unos pocos afortunados de los suyos seguían con vida tras varias coberturas, sufriendo un fuego tan denso que no podían organizar una respuesta conjunta. Los más cercanos eran los guardaespaldas de los embajadores de colmena Epsilon que aguantaban con valor el tipo.
Sintió una punzada de preocupación por Voidova. Estaba alejada del tiroteo cuando el caos se desató pero tal vez su zona también hubiese sido castigada
De repente el soldado que se desangraba lanzó un grito de alarma. Draco levantó la vista y vio un grupo de hombres armados con rifles de manufactura barata cargar contra ellos sobre el muro con brillantes bayonetas caladas en los cañones.
El operario de comunicaciones murió sin percatarse del ataque con una hoja clavada en la espalda.
Vlad y el superviviente, espalda contra espalda abrieron fuego en automático segando varias vidas antes de que la cercanía de los agresores hiciese inútiles las armas láser.
Con un gesto de desafío el general retirado desenvainó su sable de etiqueta, una ornamentada arma que se prendió de crepitante energía.
De un mandoble segó el cañón que le acometía y en un fondo de respuesta se coló por debajo de otra y atravesó el pecho de un enemigo que cayó hacia atrás haciendo tropezar a los que venían detrás. La sangre siseó al evaporarse de la hoja. El alto señor se lanzó sobre ellos hundiendo la espada en la maraña de cuerpos una y otra vez atravesándolos como si fuesen muñecos de paja bañándose con regocijo en la sangre y los aullidos de los fatalmente heridos.
Por el rabillo del ojo vio una bayoneta acercarse y solo tuvo tiempo a desviarla. La afilada hoja serrada se clavó en su muslo con un estallido de dolor. Vlad retrocedió lanzando mandobles a ciegas con fines defensivos.
Un grito de agonía a su espalda le informó que el último soldado había muerto y que ahora estaba totalmente rodeado.
Las escalofriantes sonrisas de sus atacantes se acentuaron cuando fueron conscientes de que lo sabía. Como una manada de depredadores dieron un paso al frente estrechando el círculo.
Mientras taponaba la herida con una mano el alto señor Vlad Draco, antaño héroe de la Trinchera del Millón de Kilómetros, liberador de Efrak, y por encima de todo fiel servidor del Imperio les devolvió la mirada sin temor alzando con gallardía la espada.
-Venid bastardos. Tengo una audiencia con el Emperador y unos cuantos vais a acompañarme.

lunes, 26 de abril de 2010

Vlad Draco. Cúspide. Colmena Alfa 03.

Allí, enlazado del brazo de su bella primera esposa, sobre la cúspide más alta de la Colmena Alfa el despiadado general que aun era reflexionaba sobre su carrera. Ninguno de sus pensamientos volvía al dormitorio donde había dejado a Minah llorando sobre la alfombra, jamás en toda su vida había mirado atrás y probablemente eso era lo que le había condenado a pudrirse en aquel mundo. Preocupado por conseguir éxitos mayores, por llevar la luz imperial a los sitios más oscuros jamás había visto las sombras que se agrupaban a sus espaldas tejiendo traiciones y tramando su caída en desgracia. Su recompensa por un siglo de abnegado servicio victoria se hallaba a su alrededor en la forma de los simples habitantes de Valaquia maravillados por la llegada de un Inquisidor imperial, grabando todos los detalles en sus mentes como si aquello mereciese ser recordado. Hacía años él, cuando aún era el coronel Draco, había reagrupado a una diezmada brigada de infantería sin mando y dirigido un enorme asalto sufriendo el fuego de artillería traidora de Efrak cargando bajo los pies de una Legión de Titanes Imperiales. La sangre y la carne desgarrada no llegaba a tocar el suelo por la increible saturación de disparos, el estruendo de las armas de los dioses-máquina dejaron sordos a más de la mitad de los supervivientes, y todos sintieron las ampollas crecer en su piel por la intensidad del calor de las armas de plasma disparadas tan cerca, como si cien soles volasen sobre ellos.
Aquello si fue glorioso, aquello si merecía ser recordado y nadie lo sabía.
Y ahora los ejércitos batallaban en la nebulosa Lucífaga y él estaba atrapado en aquél planeta.

Los dedos enguantados en seda verde de Voidova apretaron su brazo en un gesto de consuelo. Ella era la única que sabía leer en su corazón y comprendía los anhelos de su noble alma. Le devolvió el gesto tornando la dura expresión de su rostro en una de verdadero afecto.
Se alegró como un joven inexperto cuando el rostro en forma de corazón enmarcado en una rizada melena roja tornó hacia él sus ojos verdes como dos esmeraldas con una sonrisa.
-Aguanta mi amor. Nuestro deber es estar aquí, es lo que se espera de nosotros.
-Al parecer muchos han hecho caso omiso a los deberes que nosotros cumplimos.-masculló él apartando a su pesar los ojos del idolatrado semblante de su esposa, a su voz había vuelto el desprecio.
Con un gesto saludó a Augustus Berdekat, Alto Señor del Colmena Beta, que había llegado hacía solo un par de horas y que ahora hablaba a una prudente distancia con su hijo Octavius.
La enemistad entre los dos Altos Señores era algo de sobra conocidos por el pueblo llano. Augustus había llegado a Valaquia Prima con las primeras naves de colonos y a través de astutas maniobras comerciales se había hecho con el control la mayoría de corporaciones que regían aquella pesadilla capitalista que era su megaurbe. Vlad, por su parte había sido nombrado Alto Señor por el Administratum cuando el anterior gobierno de Colmena Alfa había demostrado ser incapaz de regirla. Una nave le trajo cuando aquel mundo ya había crecido mientras sus enemigos en el Alto Mando se frotaban las manos y bebían a su salud.
-Al menos han tenido la decencia de no traer al pequeño,- susurró Voidova.- dicen que es un pusilánime hedonista.
-Entonces se parece al padre.
Su esposa comenzó a contarle alguna anécdota relacionada con la oveja negra de los Berdekat pero en ese momento Eygor, su asistente, un veterano guardia imperial que había servido bajo su mando en las estrellas y que habían licenciado por quedar dañado por las heridas de guerra más allá de toda recuperación le trajo una placa de datos. Sobre él la nave terminó su última vuelta de descenso y extendíó el tren de aterrizaje.
Temmefls, el gordo general de las fuerzas de la FDP, se puso a su lado y le saludó con torpeza.
-Todo asegurado Alto Señor.-croó a través de su múltiples papadas.
Tenía el gran pecho del uniforme cuajado de medallas autoconcedidas, y en opinión de Vlad una reliquia del anterior gobierno, parte culpable de la mala gestión. Una parte culpable que había demostrado ser muy dificil de extirpar. No dudaba ni por un momento que el mutilado Eygor, pese a necesitar prótesis mecánicas de los pulmones para abajo poseía más pelotas que aquel estúpido barrigudo.
La placa de datos emitió un pitido cuando el temporizador llegó a cero en el mismo momento en que la nave tomaba tierra.
Un listado de nombres en verde pasó ante sus ojos, todos los invitados que habían sido convocados y habían acudido. Algunos nombres tenían un color morado, como el de las consortes del estúpido padre de Minah no invitadas pero que habían acudido y a las que Temmefls no se había atrevido a negar la entrada.
Solo había unos pocos nombres en rojo, y estos eran los que le interesaban. Nadie había acudido desde Colmena Epsilon, en su lugar había una representación de los embajadores permanentes en Alfa, ni tampoco el Sumo Fabricador del Mechanicum había enviado a nadie. Vlad sonrió al tener que contar con una pieza menos en el juego. Que los tecnosacerdotes se dedicasen a fabricar sus idolatradas máquinas con su bendición, así él podría dedicarse a ganar el poder absoluto sobre aquel planeta.

lunes, 22 de marzo de 2010

Vlad Draco. Aposentos de Draco en la Cúspide. Colmena Alfa 02.

Tras él las mantas de cara seda del lecho se agitaron revelando la forma de una joven que habían despertado sus palabras.
-¿Mi señor?- preguntó ella mientras entreabría los ojos, toda coquetería exhibiendo su desnudez.-¿os parece justo estar tan galante con ese uniforme mientras vuestra amada reposa totalmente desarropada en su lecho?
Vlad siguió mirándose en el espejo, ajustando el cinto de la espada alrededor de su cintura con la misma minuciosidad con que lo hizo el día que fue ascendido a oficial, hace ya tanto tiempo.
-El inquisidor va a descender en una hora, se espera mi presencia para ultimar los preparativos.
Ella se incorporó sobre el colchón. La luz del amanecer artificial brilló sobre el colgante de la casa paterna que colgaba entre sus pechos, la única prenda que la vestía y regalo de bodas de su padre al entregarla a Draco.
-¿Puedo ir esposo?-inquirió la joven con ilusión.- Todas las mujeres de la Cúspide de la colmena van a asistir, mi propio padre llevará a todas sus consortes. Podría ponerme el vestido turquesa que me regalasteis por mi veinte cumpleaños.
Él la miró con ojos helados. Le daba miedo cuando la miraba así tan frío como una roca, el soldado sin corazón, tan diferente del apasionado hombre que había compartido su lecho aquella noche.
-No.
Hizo un mohín.
-Pero mi señor, todas van...
-He dicho que no Minah.
Ella calló, aunque la frustración crecía en su interior por la negativa. Él era el hombre más importante de la Colmena alfa, y muy probablemente de toda Valaquia Prima, Minah no esperaba ser la única esposa de un personaje tan importante y tener la exclusividad de su cariño, era algo impensable, pero si que quería el reconocimiento público que conllevaba su situación. Draco, sin embargo tenía una veintena de esposas, bastantes menos que muchos nobles de la colmena, pero solo una era presentada usualmente junto a él. Voidova, la única extramundana, aquella con la que había aterrizado en Valaquia. Una arpía mucho mayor que la abuela de Minah y que sin embargo parecía ser su hermana mayor.
La joven sabía que tenía que callarse pero no pudo conterner la frustración.
-Imagino que mi señor irá acompañado de Voidova.- declaró ella, su voz goteando el inocente veneno de la juventud dolida.
No vio venir el golpe. Aquella mano envuelta en un delicado guante de piel de kark, que esa misma noche le había acariciado con tanta ternura le golpeó en la mejilla con tal fuerza que la hizo caer de la cama.
Ella intentó incorporarse, sorprendida por el golpe, pero sus brazos fallaron y volvió a caer sobre la alfombra.
Oyó la puerta abrirse. Intentó mirar quien entraba pero su cuerpo aturdido se negaba a responder.
Solo pudo oir la odiada voz de su rival.
-Estimada Minah, no hace falta que te levantes para recibirme.- dijo ella con una risita traviesa.- Nuestro esposo y yo ya nos vamos. Te prometo que te lo contaremos todo a la vuelta.
Vlad no dijo nada, y ambos se marcharon, dejándo una niña llorando en el suelo.

viernes, 19 de marzo de 2010

Vlad Draco. Aposentos de Draco en la Cúspide. Colmena Alfa 01.

Contempló sus nobles rasgos en el espejo mientras se abotonaba la hilera de prendedores de oro que cerraban el cuello alto de la chaqueta de honor. Le complacían las aristocráticas facciones que le devolvían la mirada, dignas de un busto en marmol dedicado a su grandeza.
Sus dedos se deslizaron en el interior de los guantes de delicada piel de kark mientras practicaba su encantadora sonrisa diplomática. Nadie habría sido capaz de adivinar su edad.
Ciento quince años. Un siglo como servidor del Imperio. Había tenido que mentir sobre su edad en Hanvren para poder participar en el reclutamiento de la Guardia Imperial y marchar a ganar gloria entre las estrellas. La sonrisa se mantuvo en sus labios, pero sus ojos se endurecieron mientras recordaba como había llegado a la madurez arrullado por el sonido de la artillería y el fuego laser, los largos años de endurecimiento, de batallas y sangre. Pronto había destacado entre las masas de soldados, y aunque en un principio barajaron la posibilidad de mandar al brillante muchacho a completar su formación como comisario imperial pronto se dieron cuenta de que el destino de este era ser un oficial.
Los galones fueron creciendo en su pecho tras cada batalla. Fue el mayor más joven de todo la historia de Hanvren y a la edad de 50 años ante la muerte de su predecesor el venerado alto general Eurónimo junto a la su plana mayor en la masacre del mundo Efrak, la conocida en los libros de historia bélica imperial como “Trinchera del millón de kilómetros”. Vlad Draco, coronel del Vigésimo Quinto de Hanvren recogió la espada del difunto que le fue entregada en una ceremonia planetaria y dio la vuelta a aquella guerra que había empezado antes de que él naciera.
Fue su momento de mayor gloria.

Sus dedos aferraban ahora con fuerza esa misma espada. El Imperio le había insultado. Había entregado su vida a este y le habían apartado del servicio y relegado a un puesto como Alto Señor de la mayor colmena de un mundo recien poblado. Ni siquiera le habían honrado nombrándolo gobernador planetario, habían dejado el puesto vacante y las más importantes decisiones se tomaban en espurias reuniones del Consejo de Ocho, y por si fuera poco, ahora debía ir a la recepción de un decrépito inquisidor que venía a rendirle cuentas por los fallos de mando en un mundo que carecía de figura de autoridad.
Maldijo para si con una variopinta colección de insultos sacados de una docena de mundos diferentes.